‘No taxi do Jack’: Las viejas utopías (Berlinale 2021)

En la primera escena de ‘No taxi de Jack’, una mujer enfoca una cámara hacia nuestro protagonista y comienza a grabar, un foco que al cabo de unos segundos se convierte en nuestro punto de vista. | Por Ferran Calvet (Festival de Berlín)


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Por Ferran Calvet (Festival de Berlín)

En la primera escena de ‘No taxi de Jack’, o ‘Jack’s Ride’, en su traducción al inglés, una mujer (que podría ser la misma directora, Susana Nobre) enfoca una cámara hacia nuestro protagonista y comienza a grabar, un foco que al cabo de unos segundos se convierte en nuestro punto de vista. Delante del objetivo se encuentra Joaquim Veríssimo Calçada, un hombre a las puertas de la jubilación que acude a una entrevista para acceder a un subsidio por desempleo. Joaquim tiene un aspecto que llama la atención ya de por sí. Pese a sus 63 años, luce una chupa de cuero y el tupé de John Travolta en Grease. Es así como nos damos cuenta de que estamos delante de un personaje extraordinario.

En dicha entrevista, nuestro hombre gasta unos aires de Travis Bickle a la portuguesa (y sin aparente insomnio), algo que posteriormente confirma cuando desvela que uno de sus anteriores oficios fue el de taxista. Debido a su obligación de acreditar una búsqueda de trabajo activa para cobrar el subsidio, Joaquim comienza una especie de road movie por espacios postindustriales desolados, testigos, igual que nuestro protagonista, de las constantes fallidas del sistema económico vigente y de la desindustrialización de los entornos urbanos.

Es a partir de sus viajes por estos lares que comenzamos a conocer, gracias a su propia voz en off, episodios de la vida del también llamado Jack, quien emigró a EE. UU en los años 70, en la que era por aquel entonces la tierra de los sueños por cumplir. Con la búsqueda de empleo como excusa, el Sr. Calçada nos deja acceder a su memoria para revivir sus años en América y para cartografiar la ciudad de Nueva York, meca del inmigrante europeo, ciudad de abundancias y libertades por aquel entonces inauditas en algunos países del sud de Europa.

El relato, retrospectivo y antológico para no sobrecargar un metraje relativamente corto, huye de la excesiva nostalgia y de suscitar cualquier emoción, y se presenta más bien como una especie de yacimiento arqueológico lleno de piedras preciosas que nunca más van a recuperar su esplendor. Solo el cine, y por eso debemos volver a hacer referencia a Taxi Driver, nos puede devolver a esta Nueva York de mediados de los 70 desde el punto de vista del conductor de un taxi o una limusina. Nos faltaría la música de Bernard Herrmann.

Y es aquí donde podemos interpretar el significado de estos dos momentos puntuales en los que la película acepta que, aunque los personajes que nos presenta son reales, lo que vemos en pantalla no deja de ser fruto de una interpretación de sí mismos, es decir, de una especie de impostura.

Porque en realidad, Joaquim podría ser esto, un impostor. O un actor. ¿A caso hay diferencia? Igual que este anciano que Jack visita periódicamente en una residencia, que cuando se va recupera la visión y el movimiento. La gracia de la película es que, si se nos acercara Susana Nobre y nos dijera al oído que hemos sido engañados, que Joaquim no coqueteó con el sueño americano en los setenta y que trabajó toda la vida en una metalurgia a las afueras de Lisboa, no pasaría absolutamente nada.

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