Berlinale 2021: Cuatro joyas escondidas

Una de las cosas más disfrutables durante los pocos días que dura un festival, es la de dejarse llevar por las secciones paralelas, cuya programación normalmente se sale de los márgenes marcados por la competición oficial y sus categorías allegadas. | Por Ferran Calvet


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Por Ferran Calvet (Festival de Berlín)

Una de las cosas más disfrutables durante los pocos días que dura un festival, es la de dejarse llevar por las secciones paralelas, cuya programación normalmente se sale de los márgenes marcados por la competición oficial y sus categorías allegadas. En Berlín, la sección alternativa por excelencia es Forum, una ventana en la que se proyecta una mezcla entre nuevas formas cinematográficas y arriesgados y atípicos documentales. Otra de ellas es la sección Generation, una sección muy querida para los seguidores del festival y que reúne una serie de cintas que centran sus narrativas en la juventud. 

En la reciente edición de la Berlinale, pese a la significativa reducción de títulos en dichas secciones, el festival ha reunido interesantes propuestas en torno a estas ideas programáticas. En este medio ya nos hemos hecho eco de algunas de ellas, pero echamos la vista atrás para recuperar cuatro títulos destacados que no han gozado, en el marco del festival, del reconocimiento oportuno. 

La primera de ellas es Ste Anne, de Rhayne Vermette, programada en Forum, una de las propuestas más extremas y arriesgadas que servidor ha podido visionar en el festival. A través de imágenes que navegan entre lo doméstico y lo experimental, Vermette realiza un retrato abstracto de una familia de Métis, un grupo étnico al que ella misma pertenece y en el que se sitúa interpretando el personaje principal del film, Renée. 

El film, que juega con una narrativa difusa, combinando silencios con imágenes tenues y en ocasiones abstractas, contiene ecos de una de las sensaciones de la temporada cinéfila española, My Mexican Bretzel, de Nuria Giménez Lorang. En ambos relatos se pone sobre la mesa el binomio realidad-ficción y comparten ese arriesgado juego con el diálogo y el silencio que termina convenciendo debido a su buena ejecución. 

Otra de las propuestas visionadas durante el transcurso de esta Berlinale es La Veduta Luminosa, un film hispanoitaliano dirigido por Fabrizio Ferraro, que significa una de las pocas producciones (en este caso coproducción) españolas presentes en esta última edición del certamen germano. La cinta nos presenta solo dos personajes, un director de cine en declive y una asistente de producción que siguen los pasos de uno de los grandes poetas románticos germanos, Johann Christian Friedrich Hölderin, cuyo último poema antes de morir se tituló La veduta

Detrás de los pasos de Hölderin, con la intención de llevar a cabo un proyecto imposible, ambos personajes vagan desalmados por espacios arbolados en lo que es un ejercicio de cine introspectivo con una particular puesta en escena que transita entre lo amateur y lo impostado. Una rareza hecha a consciencia que no dejará indiferente a quien se atreva a acercarse a ella. 

Saliendonos, solo por un rato, de Forum y entrando en la sección Generation, encontramos la que personalmente es una de las grandes sorpresas de esta Berlinale: la cinta bosniocanadina Tabija – The White Fortress, de Igor Drljaca. El film nos sitúa en el Sarajevo de posguerra y plantea una especie de Romeo y Julieta moderno, aunque la historia no se empalague en exceso de este referente. 

El film de Drljaca resulta un cuento de amor y de clase que desprende frescura en todos sus cortes y que trabaja a la perfección la división de una sociedad dividida por el conflicto. Su desenlace es uno de los más potentes que uno recuerda, cuando el sentido humanista de su autor acaba convirtiendo la historia en un mágico cuento de hadas. 

Y ya de retorno a Forum, nos encontramos una de las múltiples producciones argentinas que se han presentado en esta recién terminada edición, Qué será del verano, de Ignacio Ceroi. La premisa de este film es de entrada atractiva: su director, cámara en mano, viaja a Francia para visitar a su pareja. Allí compra una cámara en la que encuentra una serie de grabaciones de su anterior propietario. Entre estas imagenes domésticas y las explicaciones de su protagonista, con quien Ceroi consigue contactar, se conforma un film que nos vuelve a recordar la cinta de Giménez Lorang anteriormente citada, en la que las imágenes, de naturaleza amateur, conviven con una historia de la que no podemos distinguir lo que es cierto de lo impostado. Ni tan siquiera saber si aquello que vemos es cierto o impostado. 

La cinta argentina, que transita entre varios espacios y temporalidades, termina cuando su director vuelve a su país en los primeros días de caos mundial por la pandemia, sumándose así a la lista de películas berlinesas que ya llevaban consigo incorporado el reflejo de los tiempos que estamos viviendo. 

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