‘A taxi driver. Los héroes de Gwangju’: El taxista que ayudó a un país

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“A taxi driver: los héroes de Gwangju” relata los intensos días de ofensiva militar contra la población civil en la ciudad surcoreana de Gwangju el año 1980, a partir de unos hechos reales del periodista alemán Jürgen Hinzpeter (Thomas Kretschmann) y el taxista que le lleva desde Seúl, Kim Man-seob (Song Kang-ho). | Por Ferran Calvet

Por Ferran Calvet

“A taxi driver: los héroes de Gwangju” relata los intensos días de ofensiva militar contra la población civil en la ciudad surcoreana de Gwangju el año 1980, a partir de unos hechos reales del periodista alemán Jürgen Hinzpeter (Thomas Kretschmann) y el taxista que le lleva desde Seúl, Kim Man-seob (Song Kang-ho).

La misión de Hinzpeter es conseguir material para que todo el mundo pueda ser testigo de lo que pasa en Gwangju, ocultado por el gobierno y los medios de comunicación surcoreanos. Entre la clandestinidad y el secretismo, acompañado por el taxista y unos jóvenes manifestantes que conocen sólo llegar, se adentran en una ciudad en estado de excepción que acabará forjando un gran vínculo entre el periodista y Man-seob.

Song Kang-ho es quien lleva los ritmos del film. Su personaje sufre una evolución muy marcada e indispensable para el funcionamiento de la película. Comienza siendo alguien humilde y apartado de la realidad social. Los manifestantes le molestan en su trabajo y desconoce qué está pasando en el país. Además, su vida parece ser hilarante y ridícula. Esta condición cambia al emprender el viaje con Hinzpeter, cuando empieza una evolución a nivel personal que va in crescendo hasta el final de la cinta. Su papel se arma de madurez, consigue emocionarnos y empatizar con él. Es el héroe de Gwangju.

El personaje de Kretschmann, en cambio, parece quedar corto a su lado. Es más plano e inmóvil, sin tantas pretensiones. La intención del film es que el espectador empatice con el taxista, no con él. Cómo mínimo hasta el final no se muestra una visión suya más cercana, ya en su vejez.

A pesar de su dramatismo, la película deja lugar para momentos cómicos y agradables: las conversaciones de Kim Man-seob consigo mismo en su taxi o la grata cena en casa de los habitantes de Gwangju que los acogen. También hay una buena utilización del suspense y un buen acompañamiento por parte de una banda sonora original del compositor surcoreano Jo Yeong-wook.

El film trata de forma sensible y personal los hechos que hoy conocemos como la Masacre de Gwangju. El fin último del film es contar los acontecimientos que sucedieron el 1980 en esta ciudad surcoreana, pero para hacerlo, el director, Jang Hoon, los cubre con una historia conmovedora que coge más peso aún que los hechos estrictamente históricos.

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